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Martes, 5 de agosto de 2014

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Dedicación de Santa María la Mayor


Jeremías 30:1-2, 12-15, 18-22
Salmos 102:16-21, 29, 22-23
Mateo 15:1-2,10-14

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con la mirada puesta en la obediencia

"¡Tu herida es incurable, irremediable tu llaga! Nadie defiende tu causa, no hay remedio para tu herida, tu ya no tienes cura" (Jeremías 30:12-13).

Jeremías consideraba la condición del pueblo de Dios como incurable. De todas maneras, el Señor reveló que esta condición imposible podía ser invertida. El Señor prometió: "De allí saldrán cantos de alabanza y risas estridentes. Los multiplicaré y no disminuirán, los glorificaré y no serán menoscabados"(Jer 30:19).

Este cambio milagroso tuvo lugar de la misma manera que Pedro pudo caminar sobre el agua. Pedro pudo caminar sobre el agua (Mt 14:29) fijando su mirada en Jesús, el comienzo y el fin de nuestra fe (ver Heb 12:2). Sin embargo, Pedro fue llamado no sólo para mirar a Jesús, sino a obedecerle. El salmista dice así: "Levanto mis ojos hacia ti, que habitas en el cielo. Como los ojos de los servidores están fijos en las manos de su señor, y los ojos de la servidora en las manos de su dueña: así miran nuestros ojos al Señor, nuestro Dios, hasta que se apiade de nosotros" (Sal 123:1-2). Tenemos nuestros ojos fijos en Jesús como los sirvientes miran las manos de sus señores anticipando sus órdenes.

Después de caminar sobre el agua, Jesús sanó a quienes tocaban los flecos del borde de su capa (Mt 14:36). Esto es como mirar a Jesús para poder caminar sobre las aguas. Las dos cosas, el mirar y tocar, son actos de obediencia. Dios dice: "Ustedes llevarán esos flecos, y al verlos se acordarán de todos los mandamientos del Señor" (Num 15:39).

Los cambios milagrosos ocurren cuando se mira para obedecer y cuando se toca para obedecer. El cambio más milagroso de todos y la base para otros cambios milagrosos fue lo que Jesús llevó a cabo cuando "se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz" (Fil 2:8, ver también Rom 5:19). Obedece al Señor y cambia el mundo.

Oración:  Padre, que mi vida sea un caminar sobre el agua porque caminaré en obediencia.

Promesa:  "Las naciones temerán tu Nombre, Señor, y los reyes de la tierra se rendirán ante tu gloria" (Sal 102:16).

Alabanza:  Te alabamos Señor, por darnos tu madre María para nutrirnos y guiarnos (Jn 19:26-27).

Rescripto:  †Reverendísimo Joseph R. Binzer, Obispo auxiliar y Vicario general de la Arquidiócesis de Cincinnati, 23 de abril de 2014

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