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Miércoles, 15 de julio de 2015

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san Buenaventura


Éxodo 3:1-6, 9-12
Salmos 103:1-4, 6-7
Mateo 11:25-27

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dependiendo de la revelación

"Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños" (Mateo 11:25).

El Padre revela lo que ha estado oculto. El hijo revela al Padre (Mt 11:27). ¡Qué valiosa es la revelación de Dios! No es cierto lo que dice el viejo refrán, "ojos que no ven corazón que no siente", pues lo que no conocemos puede perjudicarnos. Sin embargo, lo que conocemos nos puede hacer mucho bien, nada menos que transformarnos.

Por ejemplo, Moisés fue víctima de la opresión egipcia. Nunca conoció a sus padres. Nació con un defecto de habla. Fue un asesino y refugiado (ver Ex 2:11ss). No obstante, al recibir la revelación en la zarza que ardía sin consumirse se convirtió en un hombre nuevo. Su oficio, residencia y hasta su rostro cambiaron (Ex 34:29). Pasó a ser de un refugiado asustado a un libertador poderoso. La revelación que Dios le hizo a Moisés dio como resultado la libertad de toda la nación israelita. La revelación trae consigo la transformación y la liberación.

Nosotros acogemos la revelación divina no por ser sabios e inteligentes sino por depender más de Dios, tal como lo son los recién nacidos de sus padres (Mt 11:25). Por ejemplo, podemos recibir revelación divina al ir a misa y recibir la comunión en una actitud de adoración y humildad. Al orar, ayunar y reconocer que sin Jesús no podemos hacer nada, también así nos abrimos a la revelación (Jn 15:5). Además, recibimos revelación leyendo y viviendo las enseñanzas de Iglesia y el contenido de la Sagrada Escritura sin anteponer nuestra interpretación personal (Prov 3:5) a la de la Iglesia. Recibimos la revelación de Dios al depender completamente de Él. La nueva vida está en la revelación.

Oración:  Padre, anúnciame "cosas grandes e impenetrables" (Jer 33:3).

Promesa:  "Sí Padre, porque así lo has querido, todo me ha sido dado por mi Padre" (Mt 11:26-27).

Alabanza:  La humildad de san Buenaventura era tan grande que prefirió terminar de lavar los platos antes de escuchar la noticia de que había sido promovido a cardenal.

Rescripto:  †Reverendísimo Joseph R. Binzer, Obispo auxiliar y Vicario general de la Arquidiócesis de Cincinnati, 10 de febrero de 2015

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