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Domingo, 30 de septiembre de 2018

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26to domingo de T. Ordinario


Números 11:25-29
Santiago 5:1-6
Salmos 19:8, 10, 12-14
Marcos 9:38-43, 45, 47-48

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¿hay acaso algún hueso en ti corroído de envidia?

"¿Acaso estás celoso a causa de mí?" (Números 11:29).

El diablo no pudo impedir que los setenta y dos ancianos israelitas recibieran el Espíritu (ver Núm 11:25-26). Sin embargo, confiaba en que al menos tendría más éxito seduciendo a los israelitas a que sofocaran el Espíritu que obra en ellos (1 Tes 5:19) con riñas y envidias (Núm 11:29).

Los demonios no pueden impedir que un hombre cualquiera se sirva del nombre de Jesús para expulsarlos (Mc 9:38). Por ello, intentaron poner fin a la continuación del ministerio de liberación del Hijo de Dios hecho hombre (Mc 9:38). Y una vez más, los demonios intentaron cumplir sus objetivos por medio de la envidia.

Jesús se opone tajantemente a esos envidiosos que se entristecen con el éxito de otros, cosa que a su vez apena mucho al Espíritu Santo (Ef 4:30). Nos advierte que, si nos corroe la envidia cuando vemos que otros con el sudor de su frente y de sus manos logran ganar más, entonces, lo que hemos de hacer es cortar por lo sano, como si nos cortáramos las manos, antes que dejar que la envidia se apodere de nosotros (Mc 9:43). Si sentimos envidia del auge de otros, de su fortaleza o de su salud, debemos también cortar por lo sano, como cortándonos los pies (Mc 9:45). Si la envidia nos hace mirar con desdén la buena presencia de otros, debemos arrancarnos un ojo, esto es, apartar la vista (Mc 9:47). Si tienes un "hueso en tu cuerpo corroído por la envidia" Jesús te aconseja que es mejor amputarse esa parte del cuerpo.

La envidia es una de las obras de la carne (Gál 5:20). "Les vuelvo a repetir que los que hacen estas cosas no poseerán el Reino de Dios" (Gál 5:21) Arrepiéntete de la envidia. No te compares con otros. Cree y confía en el amor de Dios Padre por ti como hijo Suyo que eres.

Oración:  Padre, te ofrezco mi cuerpo como sacrificio vivo (Rom 12:1).

Promesa:  "¡Ojalá todos fueran profetas en el pueblo del Señor, porque Él les infunde Su Espíritu!" (Núm 11:29)

Alabanza:  "Él es el bienaventurado y único Soberano, el Rey de los reyes y Señor de los señores el único que posee la inmortalidad y habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre vio ni puede ver. ¡A Él sea el honor y el poder para siempre! Amén" (1 Tim 6:15-16).

Rescripto:  †Reverendísimo Joseph R. Binzer, Obispo auxiliar y Vicario general de la Arquidiócesis de Cincinnati, 19 de enero de 2018

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