la materia sobre la mente
"No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad" (Romanos 12:2).
Para vivir una vida libre agradando a Dios, debemos tener mentes renovadas. Para vivir en el cielo para siempre, debemos "renovarnos en lo más íntimo del espíritu" (ver Ef 4:23) y asumir la mente de Cristo (1 Co 2:16).
Sin embargo, antes de que nuestras mentes se renueven, nuestros cuerpos deben ser sacrificados a Dios (Rom 12:1). Jesús compró nuestros cuerpos al precio de su muerte en la cruz (1 Co 6:19-20), por lo que cuando le ofrecemos nuestros cuerpos como sacrificios vivos, reconocemos su propiedad sobre ellos. Esto significa que todas las partes de nuestro cuerpo se convierten en armas para la justicia (Rom 6:13). Cuando sacrificamos nuestros cuerpos a Dios, los disciplinamos y dominamos (1 Co 9:27). Ayunamos con frecuencia, hacemos penitencia corporal y llenamos en nuestros cuerpos lo que falta en los sufrimientos de Cristo (Col 1:24).
Por medio de nuestros cuerpos sacrificados, Dios transforma nuestras mentes. Finalmente, por nuestras mentes transformadas, nuestros cuerpos sacrificados se transforman a sí mismos. Cuando Jesús venga por última vez, "Él transformara nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a Su cuerpo glorioso" (Fil 3:21). Esta maravillosa y finalmente total transformación de la mente y el cuerpo comienza con la ofrenda de nuestros cuerpos a Dios. Hacemos esto explícitamente en el Santo Sacrificio de la Misa (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 2031). “Por lo tanto, hermanos, yo los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva santa y agradable a Dios" (Rom 12:1).
Oración: Padre, que no pierda la cabeza aferrándome a mi cuerpo.
Promesa: "El que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por causa de Mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?” (Mt 16:25-26).
Alabanza: ¡Aleluya! ¡Jesús nos resucitará de entre los muertos! ¡Lo veremos cara a cara! (1 Co 13:12) ¡Aleluya!
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